Los mejores libros con título de dragones - prólogos parte3

Los mejores libros con título de dragones - prólogos parte3

Prólogos de libros de dragones, que no solo hablan de dragones aunque lleven dragón en el titulo. Parte 3

En estas líneas encontraras prólogos cuidadosamente seleccionados para que tu mente desconecte de lo mundano, del estrés, de la rutina del día a día y se evada a otro lugar inmerso en la lectura de uno de estos libros. Deje volar su imaginación, relajándose y entrando en nuevos mundos de fantasía, intriga y acción. Te recomendamos que leas los siguientes prólogos y si te engancha alguno puedes acceder a él a través de los enlaces en el titulo desde donde puedes descargarlos*

*(Recuerda que no fomentamos la piratería, por lo tanto los enlaces a descarga son sitios de pago para acceder al libro en propiedad)

A continuación lo prólogos de libros prometidos, disfrutad de la lectura.

Dungeons and Dragons 01 - Los muertos que viven - Lain, T. H

 ¡La profecía! – aulló la pequeña anciana-. ¡Vuestra llegada fue profetizada!

 En el abarrotado y lleno de humo salón de la taberna la Jarra de Plata, todas las cabezas se volvieron hacia aquella vieja jorobada y de ojos saltones. Estaba señalando con el dedo a una alta y joven elfa ataviada con una túnica dorada y un hombre que llevaba un laúd colgado del hombro. Los dos se volvieron sin levantarse, la observaron con perplejidad, se miraron el uno al otro y volvieron a atender a sus respectivas bebidas. Aunque la pareja ocupaba sendos banquillos contiguos junto a la barra, no parecía conocerse. La mujer elfa bebía a sorbos y con aire cohibido de un vaso de líquido blanco mientras que el hombre estaba engullendo su segunda jarra de cerveza. 

–¡Sois vosotros! ¡El laúd y… el salvaje cabello negro! ¡Estaba profetizado! – dejó que la última palabra se convirtiera en todo un aullido para subrayar el dramatismo del momento, pero entonces arruinó el efecto preguntándose-. ¿O es "profecizado"?

 

Dungeons and Dragons 02 - Ciudad del fuego - Lain, T. H

La ciudad quemaba.

Tahrain se enjugó la frente y miró fijamente la oscuridad, dirigiendo sus ojos hacia el norte. Nada más que arena, pensó amargamente; pero sabía que en algún lugar, quizá a un centenar de millas, Kalpesh quemaba… si es que quedaba algo para arder.

Y aún así él, capitán de la guardia de la ciudad y Protector del Trono de Ópalo, había abandonado la defensa de Kalpesh y huido al desierto en una misión vital que parecía más desesperada a cada hora que pasaba. Por quizá vigésima vez ese día, metió la mano morena y callosa dentro de su ligero camisote de mallas para encontrar el paquete encerado que llevaba en la parte derecha de su pecho. Miró hacia arriba y pasó los ojos sobre las caras de los pocos hombres y mujeres que ahora yacían en pequeños grupos silenciosos a su alrededor. No se dieron cuenta de que sus dedos encontraban la correa de cuero y comprobaban su firme nudo.

Saliendo de su ensueño, Tahrain se giró de nuevo hacia los soldados que le quedaban.

Sus tropas más leales, veinte de los mejores soldados de Kalpesh, le habían seguido al desierto para morir sin necesitar explicación alguna. Sólo un hombre conocía la verdadera misión de Tahrain en los yermos, y ni siquiera se trataba de un hombre según los estándares de la gente más civilizada. La mayoría le llamaban, como mucho, "bestia", pero Tahrain lo conocía mejor. Buscó a la bestia entre sus soldados exhaustos.

Los ojos del capitán encontraron a la persona que buscaban. Todos los hombres y mujeres de su compañía yacían tendidos bajo el cielo negro del desierto, esperando olvidar el hambre y la sed en el corto respiro que ofrecía un sueño irregular. Todos menos él mismo, pensó, y esa persona. La bestia estaba sola al otro lado del campamento, mirando hacia el norte en la noche del desierto, vestido con harapos y casi muerto por numerosas heridas. Incluso ahora, su armadura parecía estar hecha de tres juegos de diferente tamaño, y su arma-una gran hacha brutal- estaba manchada y llena de muescas; parecía como si su mango se fuera partir al siguiente golpe.

 

Dragonlance - Villanos - Emperador de Ansalon

El gran bazar de Khuri-khan seguía estando tal como Ariakas lo recordaba: una compacta multitud de humanos y kenders se mezclaba con algún que otro elfo, con los poco corrientes minotauros e incluso con ogros domesticados. Un torbellino de ruido lo envolvió: la persuasiva cantinela de los comerciantes; los sonoros gritos de los clientes ofendidos a los que se cobraba más de lo debido; el telón de fondo formado por los estridentes cánticos de juglares y flautistas; e, incluso, el esporádico entrechocar de las dagas contra escudos o guanteletes. Cada sonido contribuía al carácter único y enérgico de la enorme plaza del mercado.

El guerrero avanzó a grandes zancadas por entre las hormigueantes multitudes, y aquellos que se cruzaban en su camino se hacían a un lado instintivamente para dejarle paso. Tal vez era su estatura la que inspiraba temor pues era un palmo más alto que la mayoría de hombres, o su porte, que era erguido y en apariencia imperturbable. Unos amplios hombros sostenían un recio cuello, la cabeza se alzaba orgullosa como la de un león, y los oscuros ojos estudiaban a la multitud por debajo de una melena de largos y negros cabellos revueltos por el viento.

Ariakas se detuvo un instante ante la fuente central donde el agua describía un arco hacia el cielo y luego descendía con un chapoteo sobre la taza de mosaico bañada por el sol. Hacía muchos años que no visitaba la tienda de Habbar-Akuk, pero estaba seguro de que aún sabría encontrar el lugar.

Allí, a la izquierda del surtidor, reconoció el estrecho callejón. Un puesto multicolor, adornado con telas de alegres colores traídas de todo Ansalon, indicaba la entrada de la callejuela. Innumerables variedades de incienso impregnaban el aire alrededor del dosel, despertando una memoria olfativa que no podía equivocarse. Más allá del mercader de perfumes, distinguió un corral donde se compraban y vendían unos ponies monteses de patas cortas, y supo con seguridad que se encontraba en el lugar correcto…

 

Dragonlance - Villanos - El ala negra

Como hojas de navaja abriéndose de golpe, una a una, las nacaradas garras de la hembra de Dragón Negro se encorvaron. Las uñas delanteras de Khisanth permanecieron fijas en la labrada encuademación del libro de conjuros que había encontrado en las ruinas de lo que había sido Xak Tsaroth. Suspirando, la hembra de dragón cerró el tomo de un golpe; no podía soportar tener que memorizar otro conjuro en ese mismo día. Depositó el libro junto a sus pinchudos pies y descendió de un brinco del altar de piedra. Sus alas de dragón se extendieron con un sonido sordo, como unas sábanas de cuero inflándose en el viento.

Hacía tiempo que los ojos de Khisanth se habían adaptado a los oscuros confines de la ciudad hundida, pasando de un amarillo leonado a un rojo colérico. Sus órdenes eran guardar un báculo que ella no podía ver ni tocar; pero, sin que el Gran Señor Verminaard lo supiese, Khisanth había visto el báculo. Movida por algo más que una pequeña curiosidad, la hembra de dragón se había transformado una vez en ratón y había cogido el extraño ascensor de los enanos gully para subir al nivel superior de las ruinas. Ningún draconiano informaría a Verminaard de que un ratón se había deslizado, a través de las puertas doradas, hasta la Cámara de los Antepasados. Dentro de ésta, Khisanth había encontrado una estatua de mujer cuyos brazos de mármol sostenían un báculo de madera sencilla y corriente. Un sexto sentido había hecho que la mano de Khisanth se abstuviera de tocarlo. De todos modos, no quería añadir un báculo a su tesoro.

–Qué pérdida de tiempo y talento es este cometido -bufó malhumorada.

Khisanth había dirigido una vez a la infame Ala Negra, pero sus días en el ejército de la Reina Oscura eran ahora un recuerdo lejano, de antes de que fuese destinada a este agujero. De hecho, aquellos sucesos habían sido la razón de que ahora estuviese aquí. Su degradación había sido otra indignidad más en una vida que merecía grandeza pero que no le había reportado más que traición y engaño.

Khisanth estaba lo bastante aburrida para considerar la idea de caminar desde la enorme estancia abovedada, que constituía su guarida subterránea, e ir a entablar conversación con uno de sus subalternos draconianos; pero, en la penumbra, divisó a un sucio enano gully. La estúpida criatura, con sus zapatos de trapo, se estaba acercando peligrosamente a los brillantes montones de piedras preciosas y otros tesoros. Khisanth le lanzó un golpe con su garra, y atrapó a la atónita criatura antes de que ésta supiera siquiera que el dragón estaba cerca. Luego se echó el bocado en las fauces y cerró lánguidamente los ojos mientras saboreaba la crujiente textura de aquellos huesos húmedos.

La hembra de dragón escupió los zapatos. Debajo de tierra sólo había zapatos. Ninguna pezuña de bestias salvajes. Ninguna asta de alce. El eternamente hambriento estómago de Khisanth rugió, como si él también se acordase de cuando su propietaria cazaba libremente por los bosques del cabo del Confín. Toda la cadena de montañas Khalkist había sido su despensa. Entonces, con un golpe de la más poderosa mano, su rango, su libertad, todo, le había sido arrebatado.

La mente de Khisanth vagaba con frecuencia hasta las personas y acontecimientos que la habían conducido hasta tan baja condición. La consolaba pensar que había dado muerte a casi todos aquellos que alguna vez la habían frustrado. Tenía grandes esperanzas de poder vengarse de aquellos que, en años recientes, habían conseguido eludir sus garras. La vida de un dragón era larga y estaba segura de que, algún día, conseguiría también salir de esta situación.

 

Dragonlance - Villanos - Takhisis

A través de las ventanas de ópalo de la majestuosa torre se oyó el rugir de los truenos, los cuales hicieron vibrar sus delicados marcos como la vara medicinal de los santones de la tribu. 

Un instante de claridad iluminó las secas llanuras del norte de la ciudad, mientras una tormenta implacable caía sobre el lejano puerto de Karthay y sobre los bosques que bordeaban la bahía de Istar. Allí, en la ciudad, más allá del Templo del Príncipe de los Sacerdotes, el cielo del atardecer se iba haciendo cada vez más plomizo cargado de electricidad, y los brillantes cristales de ópalo de las ventanas se oscurecieron hasta alcanzar un azul profundo. 

Desde la ventana de la torre, abierta al aire frío e intenso del exterior, el hombre vestido de blanco podía predecir, por el penetrante olor de la humedad del aire y el frenético movimiento de las nubes negras, que la tormenta avanzaba rápidamente. El individuo regresó a su atril, donde un libro viejo y quebradizo descansaba abierto junto una vela apagada; bajo él asomaba otro libro, éste nuevo y a medio copiar. En aquel instante, la habitación se oscureció de repente, y una violenta ráfaga de viento sacudió las delicadas páginas del manuscrito, que se agitaron violentamente, víctimas de su fuerza. 

Sin que nadie lo viese, el hombre cerró la ventana y encendió la vela mientras buscaba, con sus profundos ojos verdes, el cerrojo de la puerta para cerciorarse de que ésta seguía bien cerrada. El libro, una colección de profecías druidas que durante un milenio había permanecido oculta en manos de los elfos lucanestis más sabios, tenía un valor incalculable. El texto había llegado secretamente a Istar durante la caída de Silvanesti septentrional y, a lo largo de muchos años, estuvo escondido en lo más recóndito de la biblioteca de un vinatero

 

 Ojo del Dragón, El - Steer, Dugald A

El viernes 7 de julio de 1882, a las seis y cuarto de la mañana, un carruaje negro salió de la entrada de Tottenham Court Road de Londres a tal velocidad que tuvo que dar un brusco viraje para esquivar la carreta de un criador de aves que bajaba por Oxford Street. El carruaje, un modelo anticuado que se conocía como «cupé», volcó sobre una de sus ruedas y, por un instante, pareció a punto de caer de lado antes de que el cochero lograra enderezarlo y enfilar a toda prisa hacia St. Giles. Al paso atronador del vehículo, las aves exóticas prorrumpieron en cacareos y gritos de terror tan fuertes que el cochero de la carreta se vio obligado a detenerse para tapar las jaulas con una lona.

El carruaje siguió avanzando por St. Andrews Street hasta llegar a Wyvern Way. Al oír un súbito golpeteo desde el interior, el cochero detuvo el vehículo y vio aparecer de repente la ornamentada empuñadura en forma de cabeza de dragón de un bastón negro que señalaba una tienda diminuta de aspecto curioso, tienda que, a juzgar por los objetos expuestos en sus antiguos escaparates, bien podría haber sido el lugar de donde había salido aquel bastón.

El cochero y su ayudante bajaron del carruaje para dirigirse a la parte posterior, donde había amarrada una caja de embalaje enorme que procedieron a desatar. Como aún era temprano, no había nadie que los observara, salvo un perro callejero que estaba husmeando una pila de basura y que en aquel momento se acercó a olisquear las ruedas del carruaje. Sin embargo, en cuanto levantó el hocico para olfatear la caja de embalaje, el animal se quedó paralizado, con su ralo pelo de punta y las orejas temblando, antes de apartarse de un respingo con un gañido de terror. El cochero lanzó un gruñido y se dispuso a levantar la caja, pero esta comenzó a moverse con tal violencia que a punto estuvo el hombre de perder el equilibrio.

El cochero se quedó parado mirando la caja hasta que el bastón con empuñadura en forma de cabeza de dragón surgió de nuevo del interior del carruaje y le propinó un fuerte golpe. 

–¡Por el amor de Dios, acabad de una vez! – exclamó una voz débil. 

El cochero hizo un gesto a su ayudante con la cabeza y entre los dos levantaron la caja de la parte posterior del carruaje y la llevaron arrastrando hasta la puerta de la tienda. El cochero regresó a su asiento y cogió la fusta, mientras que el otro hombre se quedó ante la puerta de la tienda e hizo sonar el timbre lo más alto posible varias veces antes de subir de nuevo al carruaje. Hasta que el cochero tuvo la certeza de haber oído ruidos procedentes de una de las pequeñas habitaciones situadas encima de la tienda no hizo chasquear la fusta para que el carruaje enfilara a toda prisa por la estrecha calle hacia St. Martin's Lane. Un hombre de unos sesenta años con un gran bigote de morsa y un gorro de dormir anticuado abrió una de las ventanas y asomó la cabeza, alcanzando a ver únicamente la parte posterior del carruaje en el momento en que doblaba la esquina. El hombre se quedó mirando un instante el lugar por donde había desaparecido el vehículo, pero al oír ruido de golpes en la calle bajó la vista y vio la caja de embalaje que, con tan poco cuidado, habían dejado en su puerta. La caja se movía con violencia y de los orificios que había en uno de sus lados salían finas columnas de humo.

Mientras tanto, el carruaje negro se dirigió a Whitehall y giró por una calle ocupada por dependencias gubernamentales para detenerse enfrente de una puerta negra. Un hombre alto cuyos rasgos quedaban prácticamente ocultos por un abrigo de cuello alto y un sombrero de copa se apeó del carruaje y, tras comprobar que no había nadie cerca, llamó a la puerta con la empuñadura del bastón con forma de cabeza de dragón. 

Al no obtener respuesta, volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Ante la ausencia de respuesta, insistió una tercera vez, y por fin le abrió la puerta un mayordomo, que, arqueando las cejas ante la apariencia del visitante, dijo: 

–¿Qué desea? 

–Vengo de parte de Ebenezer Crook -dijo el hombre entre dientes-. Tengo una misión urgente que cumplir. Debo hablar con su señor de inmediato. 

–Me temo que el señor ministro está en la cama -respondió el mayordomo. 

–Se trata de una emergencia -repuso el hombre-. Haga el favor de avisarle ahora mismo. 

–¿Avisarle de qué?

- ¡Ah! – exclamó el hombre, haciendo girar el bastón con gesto malhumorado-. Me temo que eso debo comunicárselo personalmente. Menciónele el nombre de Crook en cuanto se despierte; estoy seguro de que accederá a verme de inmediato.

El mayordomo negó con la cabeza antes de desaparecer tras la puerta.

Al cabo de unos instantes volvió a aparecer.

–El señor ministro lo atenderá ahora mismo, señor -dijo.

El mayordomo hizo pasar al hombre al interior del edificio al tiempo que echaba un vistazo al carruaje. En su interior, mirándole con unos ojos de color negro azabache y una tez blanca enmarcada por una melena oscura, se hallaba la mujer más hermosa que había visto en su vida…

 

Huevo del dragon - Forward, Robert L

De vez en cuando aparece una novela que tiene al completo algo indefinible característico de la ciencia ficción: una nueva idea genial, una extrapolación honesta de la ciencia real, una historia emocionante sobre unos alienígenas fascinantes y un imprescindible sentido de lo maravilloso. Así ocurre con esta novela sobre la civilización de los cheela, que viven en una estrella de neutrones, y su contacto con los seres humanos. Un clásico imprescindible.

Huevo del dragón es la primera novela de su autor, un científico de fama mundial en el campo de la astronomía gravitatoria. Desde su aparición en 1980 fue saludada como un hito en la ciencia ficción de tipo hard y la sucesora indiscutible de la mítica mission of gravity (1953) de Hal Clement que, hasta entonces, había sido el clásico obligado en este tipo de ciencia ficción.

Se trata de la ciencia ficción en la que predomina el uso de las ciencias «duras» (principalmente la física) y la tecnología que de ellas se deriva. Hal Ciernen! se atrevió a postular un planeta en el que la gravedad varía desde tres «g» en el ecuador a setecientas «g» en los polos, y sus habitantes, los mesklinitas, resultaron ser unos de los extraterrestres más verosímiles de toda la ciencia ficción, incluso desde el punto de vista científico.

En huevo del dragón se reproduce el esquema al nivel casi de exageración al multiplicar por mil millones las dificultades gravitatorias del planeta de Clement. Tras el descubrimiento de una estrella de neutrones en la constelación del Dragón (que será llamada «Huevo del Dragón»), los seres humanos, pese a que nunca podrán llegar a poner el pie en ella, lograrán situarse en órbita sincrónica para observarla mediante la más avanzada tecnología.

Pero las condiciones en la estrella de neutrones son, evidentemente, infernales. Una gravedad que supera sesenta y siete mil millones de veces la terrestre ha comprimido la estrella a una esfera de sólo veinte kilómetros de diámetro que experimenta una revolución (un «día» de Huevo) en sólo 200 milisegundos. Y, por si ello fuera poco, además, la fuerza del campo magnético, un billón de gauss, altera los núcleos de la corteza y las reacciones químicas son reemplazadas por nuevas reacciones de neutrones.

En ese mundo imposible existe vida, la de los cheela, los seres ameboides de la corteza que experimentan en una hora el equivalente de más de cien años de vida terrestre. Los detalles técnicos de su anatomía y biología son también verosímiles por su correcta adaptación al difícil mundo en que viven.

Pero si huevo del dragón tan sólo destacara por sus aspectos científicos quizá le podría haber ocurrido como a su predecesora, mission of gravity, que lleva ya treinta y cinco años sin haber sido traducida al castellano pese a su calidad.

En la novela de Forward encontramos además la sorprendente, irónica y fascinante descripción de la civilización de los cheela, que es, a mi parecer, una de las bazas fundamentales del libro. Poco a poco les vemos superar la barbarte, descubrir la agricultura, establecer una organización social superior al clan, «inventar» la religión, profundizar en las ciencias y sus aplicaciones técnicas, etc. Y todo ello compone un fresco que se superpone a los aspectos más estrictamente científicos del tema central: la posible vida en una estrella de neutrones.

El indiscutible éxito en Norteamérica ha promovido ya la aparición de una continuación titulada starquake (1985). También la presentaremos en esta colección, posiblemente con el dudoso título de Estréllamelo (o quizá nos decidamos más prudentemente por Terremoto estelar,). En esta segunda novela se complementa la interacción entre humanos y cheela, que es uno de los elementos más agradables de la historia de la civilización cheela que ocupa esta primera novela.

La importancia y el eco que ha generado huevo del dragón en Norteamérica quedan de manifiesto en los siguientes breves comentarios de reconocidos especialistas de la ciencia ficción y/o la ciencia:

«En la ciencia ficción existe tan sólo un puñado de libros que estimulan y desarrollan la mente. Y éste es uno de ellos.»

Arthur C. Clarke

«huevo del dragón es magnífica. Yo no habría sido capaz de escribirla; requiere demasiada física real.»

 

Dragonlance - Orden de Lectura – Dragonlance

Crónicas

Leyendas

La forja de una túnica negra

Preludios

Compañeros

Cuentos

Muro de hielo

Héroes

Naciones enanas

Volúmenes independientes

Segunda generación

El ocaso de los dragones

Quinta era

La guerra de los espíritus

 

El Dragón renacido - Jordan, Robert

Fortaleza de la Luz

Pedron Niall dejó vagar su mirada de anciano por su sala privada de audiencia, pero los oscuros ojos velados por el ensimismamiento no vieron nada. Las desteñidas colgaduras que antaño habían sido los estandartes de guerra de los enemigos de su juventud se confundían con la oscura madera que recubría las paredes de piedra, imponentemente gruesas incluso allí en el corazón de la Fortaleza de la Luz. La única silla existente en la habitación, pesada y de alto respaldo, semejante a un trono, le resultaba tan invisible como las pocas mesas dispersas que completaban el mobiliario. Incluso el hombre de blanca capa que permanecía arrodillado con mal disimulada ansiedad sobre el gran sol incrustado en las anchas planchas del suelo se había ausentado de su mente, aun cuando eran pocos los que habrían tomado su presencia tan a la ligera.

Jaret Byar había disfrutado de un respiro para lavarse antes de ser conducido ante Niall, pero tanto su yelmo como su peto estaban deslucidos por el viaje y mellados por el uso. Sus hundidos ojos oscuros irradiaban una febril e impaciente luz en un rostro en el que la carne parecía haberse reducido a los músculos indispensables. No llevaba espada —a nadie le estaba permitido hacerlo en presencia de Niall— pero parecía hallarse al borde de la violencia, como un sabueso que aguarda a que le suelten la correa.

Dos fuegos encendidos en largos hogares en cada uno de los extremos de la estancia mantenían a raya el frío de finales de invierno. Era una habitación austera como la de un soldado, y todo cuanto había en ella era de calidad, pero sin ninguna concesión a la extravagancia… con excepción del sol. Los muebles habían llegado a la sala de audiencia del capitán general de los Hijos de la Luz con el hombre que accedió al cargo; el resplandeciente sol de oro acuñado se había desgastado con el paso de generaciones de solicitantes, había sido sustituido y había vuelto a desgastarse. Había allí oro suficiente para comprar una hacienda en Amadicia y el título nobiliario emparejado a ella. Durante diez años Niall había caminado encima de ese sol sin dedicarle pensamiento alguno, como tampoco se lo dedicaba al sol bordado en el pecho de su túnica blanca. El oro suscitaba escaso interés en Pedron Niall.

Finalmente volvió a posar la mirada en la mesa más cercana, cubierta con mapas y cartas e informes esparcidos. Entre el desorden había tres dibujos enrollados. Tomó uno con desgana. Daba igual cuál de ellos fuera, pues todos describían la misma escena, aunque con diferente factura de trazo….

 

Hombres y dragones - Vance, Jack

LOS APOSENTOS DE Joaz Banbeck, excavados en lo profundo de un risco de piedra caliza, constaban de cinco cámaras principales, a cinco niveles distintos. En la parte superior estaban el Relicarium y una sala de juntas oficial: el primero era una estancia de sombría magnificencia que albergaba los diversos archivos, trofeos y recuerdos de los Banbeck; la segunda, un vestíbulo largo y estrecho, con artesonado oscuro hasta la altura del pecho de una persona y una bóveda blanca estucada; abarcaba toda, la extensión del risco, de modo que los balcones daban al Valle Banbeck por un lado y al Camino Kergah por el otro.

Debajo, estaban los aposentos privados de Joaz Banbeck: un gabinete y una cámara-dormitorio, luego su estudio y al fondo un cuarto de trabajo donde Joaz no permitía entrar a nadie.

A los aposentos se entraba a través del estudio, una gran habitación en forma de L con un barroco techo aristado del que colgaban cuatro candelabros con incrustaciones granate. Ahora estaban apagados. En la habitación había sólo una luz de un gris acuoso procedente de cuatro placas de cristal ahumado en las que, a modo de una cámara oscura, aparecían vistas del Valle Banbeck. Las paredes estaban revestidas de unos paneles de caña lignificada. Cubría el suelo una alfombra con adornos marrones, castaños y negros, formando ángulos, cuadrados y círculos.

En medio del estudio había un hombre desnudo.

Unicamente cubría su desnudez su pelo largo, fino y castaño, que descendía por su espalda, y el torc dorado que rodeaba su cuello. Era de rasgos finos y angulosos y de cuerpo delgado. Parecía escuchar, o meditar quizás. De cuando en cuando contemplaba un globo amarillo de mármol que había en un anaquel próximo, y entonces sus labios se movían, como si encomendase a la memoria alguna frase o alguna serie de ideas.

Al fondo del estudio se abrió una pesada puerta.

A través de ella, atisbó una joven de florido rostro, con una expresión pícara y maliciosa. Al ver al hombre desnudo se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido. El hombre desnudo se volvió... pero la pesada puerta se había cerrado ya.

Por un instante permaneció concentrado en ceñuda reflexión, y luego, lentamente, se acercó a la pared situada en el lado inferior de la L. Movió una sección de los estantes de la biblioteca y pasó a través de la abertura. Después la abertura se cerró. Descendiendo por una escalera de caracol, fue a dar a una cámara excavada en la roca, de paredes sin desbastar: el cuarto de trabajo privado de Joaz Banbeck. En un banco de trabajo había herramientas, moldes y fragmentos de metal, un equipo de células electromotrices e instrumentos eléctricos diversos: los objetos que actualmente atraían el interés de Joaz Banbeck.

El hombre desnudo contempló el banco. Cogió uno de los objetos y lo inspecciono con un aire como de condescendencia, aunque su mirada era tan clara y directa como la de un niño...

 

Dragones Celestiales 01 - Goodman, Alison

De los primeros rollos de Jion Tzu

Nadie sabe cómo alcanzaron los primeros Ojos de Dragón su peligroso acuerdo con los doce dragones de la energía y de la buena suerte. Los pocos escritos y poemas que han sobrevivido al paso de los siglos inician el relato mucho después de que se cerrara el pacto para la protección de nuestra tierra entre el hombre y el animal-espíritu. Sin embargo, se dice que todavía sobrevive un libro donde se relatan los violentos inicios y se predice el catastrófico final de esa antigua alianza.

Los dragones son seres elementales, capaces de manipular la hua o energía natural que existe en todas las cosas. Cada dragón se alinea con uno de los animales celestiales en un ciclo de poder que dura doce años y que se ha repetido invariablemente desde el principio de los tiempos: Rata, Buey, Tigre, Conejo, Dragón, Serpiente, Caballo, Cabra, Mono, Gallo, Perro y Cerdo. Cada dragón es también guardián de una de las doce direcciones celestiales y custodio de una de las Virtudes Mayores.

Cada día de Año Nuevo el ciclo vuelve a comenzar, y el siguiente animal ocupa el lugar dominante. De ese modo, su dragón se convierte en ascendente, y su poder se duplica durante los siguientes doce meses. El dragón ascendente también se une a un nuevo aprendiz que será adiestrado en la magia del dragón, y cada vez que ello sucede, el aprendiz del año anterior pasa a convertirse en Ojo de Dragón y alcanza su poder máximo. El nuevo Ojo de Dragón reemplaza a su maestro, el viejo Ojo de Dragón, que se retira exhausto y fatalmente debilitado tras haber permanecido unido al dragón durante veinticuatro años. Se trata de un pacto brutal, que otorga un inmenso poder al Ojo de Dragón, un poder que le permite desplazar monzones, desviar ríos y detener terremotos. A cambio de semejante control sobre la naturaleza, el Ojo de Dragón debe entregar gradualmente su hua al dragón.

Sólo los niños capaces de ver un dragón de energía pueden aspirar a ser candidatos a Ojo de Dragón. Ver al dragón el año en que naces es un don muy raro, y más raro aún es ver a cualquier otro de los dragones de energía. Cada Año Nuevo, doce niños, nacidos doce años atrás, se enfrentan al dragón ascendente y rezan por que su don sea suficiente para la bestia. Uno de ellos es el elegido y en ese instante de unión --y sólo durante ese instante--, todos los hombres pueden ver al dragón en toda su gloria.

Las mujeres no tienen cabida en el mundo de la magia del dragón. Se dice que la mujer corrompe el arte y que carece tanto de la fuerza física como de la profundidad de carácter necesarias para unirse a un dragón de energía. Se cree también que el ojo femenino, demasiado acostumbrado a mirarse a sí mismo, no ve la verdad del mundo de la energía.

 

Dragonlance - Historias perdidas 05 - Los enanos Gully - Parkinson, Dan

Se ha dicho de los aghars que una raza así no podría existir en un mundo práctico. Se ha dicho que los dioses de la creación sin duda debían de estar terriblemente aturullados cuando crearon a los aghars… Aturullados o locos. Los estudiosos insisten en que una raza de criaturas como ésa --comúnmente conocidos como «enanos gullys»-- sería incapaz de sobrevivir, durante generaciones, inmersas en las duras realidades de la vida. Tales patéticas criaturas no tienen nada de su parte.

En un mundo de razas fuertes, los enanos gullys de Krynn resultan sorprendentemente débiles. No son ni violentos ni una amenaza; tampoco son audaces ni especialmente afortunados; ni fornidos o veloces. La única defensa natural que poseen contra sus enemigos es una predisposición a habitar en aquellos lugares que nadie más quiere: eso hace que pasen inadvertidos la mayor parte del tiempo. Les falta la terca obstinación de los auténticos enanos, el carácter imprevisible de los humanos, y las habilidades y longevidad intrínsecas a los elfos. Comparados con cualquiera de esas razas, los enanos gullys son considerados poco más que chusma. Están indefensos; no tienen ningún tipo de habilidades, más allá de una cierta desmañada capacidad para la ocultación y, desde luego, carecen absolutamente de poderes mágicos.

En cuanto a inteligencia, aunque muestran un aspecto más o menos parecido al de humanos o enanos, apenas son lo bastante espabilados para ponerse a salvo cuando hay problemas.

La continuada existencia de enanos gullys en Krynn es un rompecabezas para aquellos que estudian tales cuestiones. Sin embargo hay que decir que esos mismos estudiosos son los que insisten en que abejorros y dragones no pueden volar; no obstante, a pesar de dichos puntos de vista, los abejorros y los dragones se empeñan en seguir volando… Y los enanos gullys en continuar sobreviviendo.

Esas diminutas criaturas no tan sólo existen, sino que poseen su propia historia; lo cierto es que circulan curiosas leyendas, en diferentes culturas, sobre ellos. Hay quien cree que, en un lejano pasado, un clan de enanos gullys pudo haber tenido algo que ver con la destrucción de la poderosa Istar; y que incluso pudo haber participado en cierto modo en el mismísimo Cataclismo. Extraños relatos se oyen a veces en las charlas de tabernas; rumores que ligan a esta raza con hechos inverosímiles, entre los que se incluye su relación con una mina que producía vino, y también afirman que se vio involucrada en la masacre de traficantes de esclavos de Doon llevada a cabo por un ogro, y llegan a insinuar que tales enanos podrían haber sido los primeros ocupantes de la antigua Thorbardin, donde sus descendientes son a duras penas tolerados en la actualidad.

 

Nueve Dragones - Connelly, Michael

Harry Bosch y su compañero Ignacio Ferras acuden a investigar el asesinato del dueño de una tienda de alimentación y bebidas, Mr. Li, durante un posible atraco. Pronto parece evidente que no se trataba de un atraco. Mr. Li podía estar siendo extorsionado por la Tríada, la mafia china. Bosch, en deuda con Li, promete a sus hijos, Robert y Mia, que encontrará al asesino de su padre.

Años atrás, durante los disturbios que asolaron Los Ángeles, Bosch había salvado la vida gracias a la intervención de Mr. Li.

A medida que Bosch se convence de que la Tríada está implicada en la muerte de Li, le llega la noticia de que su propia hija, Maddie Bosch, que acaba de cumplir trece años, ha sido secuestrada. Maddie vive en Hong Kong con su madre, la ex-mujer de Bosch, Eleanor Wish, antiguo agente del FBI. Temiéndose que este secuestro esté relacionado con la investigación del asesinato de Mr. Li en Los Ángeles y no pudiendo confiar en la policía local, Bosch llega a Hong Kong durante la celebración del Festival de los Fantasmas Hambrientos, en un desesperado intento por encontrar a su hija…..

 

Hombres y dragones - Jack Vance

LOS APOSENTOS DE Joaz Banbeck, excavados en lo profundo de un risco de piedra caliza, constaban de cinco cámaras principales, a cinco niveles distintos. En la parte superior estaban el Relicarium y una sala de juntas oficial: el primero era una estancia de sombría magnificencia que albergaba los diversos archivos, trofeos y recuerdos de los Banbeck; la segunda, un vestíbulo largo y estrecho, con artesonado oscuro hasta la altura del pecho de una persona y una bóveda blanca estucada; abarcaba toda, la extensión del risco, de modo que los balcones daban al Valle Banbeck por un lado y al Camino Kergah por el otro.

Debajo, estaban los aposentos privados de Joaz Banbeck: un gabinete y una cámara-dormitorio, luego su estudio y al fondo un cuarto de trabajo donde Joaz no permitía entrar a nadie.

A los aposentos se entraba a través del estudio, una gran habitación en forma de L con un barroco techo aristado del que colgaban cuatro candelabros con incrustaciones granate. Ahora estaban apagados. En la habitación había sólo una luz de un gris acuoso procedente de cuatro placas de cristal ahumado en las que, a modo de una cámara oscura, aparecían vistas del Valle Banbeck. Las paredes estaban revestidas de unos paneles de caña lignificada. Cubría el suelo una alfombra con adornos marrones, castaños y negros, formando ángulos, cuadrados y círculos.

En medio del estudio había un hombre desnudo.

Unicamente cubría su desnudez su pelo largo, fino y castaño, que descendía por su espalda, y el torc dorado que rodeaba su cuello. Era de rasgos finos y angulosos y de cuerpo delgado. Parecía escuchar, o meditar quizás. De cuando en cuando contemplaba un globo amarillo de mármol que había en un anaquel próximo, y entonces sus labios se movían, como si encomendase a la memoria alguna frase o alguna serie de ideas.

Al fondo del estudio se abrió una pesada puerta.

A través de ella, atisbó una joven de florido rostro, con una expresión pícara y maliciosa. Al ver al hombre desnudo se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido. El hombre desnudo se volvió... pero la pesada puerta se había cerrado ya.

Por un instante permaneció concentrado en ceñuda reflexión, y luego, lentamente, se acercó a la pared situada en el lado inferior de la L. Movió una sección de los estantes de la biblioteca y pasó a través de la abertura. Después la abertura se cerró. Descendiendo por una escalera de caracol, fue a dar a una cámara excavada en la roca, de paredes sin desbastar: el cuarto de trabajo privado de Joaz Banbeck. En un banco de trabajo había herramientas, moldes y fragmentos de metal, un equipo de células electromotrices e instrumentos eléctricos diversos: los objetos que actualmente atraían el interés de Joaz Banbeck.

El hombre desnudo contempló el banco. Cogió uno de los objetos y lo inspecciono con un aire como de condescendencia, aunque su mirada era tan clara y directa como la de un niño.

Llegaron al cuarto de trabajo voces apagadas procedentes del estudio. El hombre desnudo alzó la cabeza para escuchar, y luego se metió bajo el banco. Alzó un bloque de piedra, se deslizó por la abertura y penetró en un oscuro vacío. Colocó de nuevo la piedra, alzó una varilla luminosa, y avanzó por un estrecho túnel que iba a dar a una caverna natural. A intervalos regulares, tubos luminosos exudaban una luz mortecina, que apenas si traspasaba la densa oscuridad.

El hombre desnudo avanzaba prestamente, el sedoso pelo flotando tras él como una aureola.

En el estudio, la juglaresa Phade y un viejo senescal discutían:

—¡Pues claro que lo vi! — insistía Phade —. Con estos ojos; era un sacerdote, y estaba ahí de pie, tal como te he dicho.— Y tiraba furiosa de la manga al senescal —. ¿Te crees que he perdido el juicio, o que estoy histérica?

Rife, el senescal, se encogió de hombros, sin comprometerse a nada.

— Yo ahora no lo veo. — Subió la escalera y miró en la cámara—dormitorio. No hay nadie. Las puertas de arriba están cerradas. — Miró receloso a Phade —. Yo estaba sentado en mi puesto a la entrada.

— Sí, durmiendo. ¡Si cuando pasé a tu lado roncabas!

— No señor, estás muy equivocada; tosía.

—¿Con los ojos cerrados y cabeceando?

Rite se encogió de hombros de nuevo.

— Da igual que estuviese dormido o despierto. Suponiendo que ese tipo lograse entrar, ¿cómo salió? No me negarás que cuando me avisaste estaba despierto.

— Entonces quédate aquí vigilando. Voy a buscar a Joaz Banbeck.

Phade corrió por el pasillo que iba a dar al Paseo de los Pájaros, así llamado por la serie de fabulosos pájaros de lapislázuli, oro, cinabrio, malaquita y marcasita incrustados en el mármol. Cruzando una arcada de jade gris y verde con columnas espirales fue a salir al Camino Kergan, un desfiladero natural que formaba la principal vía pública de Ciudad Banbeck. Al llegar al pórtico, llamó a un par de muchachos de los campos….

Crónicas de dragones 01 - Steer_ Dugald A

El viernes 7 de julio de 1882, a las seis y cuarto de la mañana, un carruaje negro salió de la entrada de Tottenham Court Road de Londres a tal velocidad que tuvo que dar un brusco viraje para esquivar la carreta de un criador de aves que bajaba por Oxford Street. El carruaje, un modelo anticuado que se conocía como «cupé», volcó sobre una de sus ruedas y, por un instante, pareció a punto de caer de lado antes de que el cochero lograra enderezarlo y enfilar a toda prisa hacia St. Giles. Al paso atronador del vehículo, las aves exóticas prorrumpieron en cacareos y gritos de terror tan fuertes que el cochero de la carreta se vio obligado a detenerse para tapar las jaulas con una lona.

El carruaje siguió avanzando por St. Andrews Street hasta llegar a Wyvern Way. Al oír un súbito golpeteo desde el interior, el cochero detuvo el vehículo y vio aparecer de repente la ornamentada empuñadura en forma de cabeza de dragón de un bastón negro que señalaba una tienda diminuta de aspecto curioso, tienda que, a juzgar por los objetos expuestos en sus antiguos escaparates, bien podría haber sido el lugar de donde había salido aquel bastón.

El cochero y su ayudante bajaron del carruaje para dirigirse a la parte posterior, donde había amarrada una caja de embalaje enorme que procedieron a desatar. Como aún era temprano, no había nadie que los observara, salvo un perro callejero que estaba husmeando una pila de basura y que en aquel momento se acercó a olisquear las ruedas del carruaje. Sin embargo, en cuanto levantó el hocico para olfatear la caja de embalaje, el animal se quedó paralizado, con su ralo pelo de punta y las orejas temblando, antes de apartarse de un respingo con un gañido de terror. El cochero lanzó un gruñido y se dispuso a levantar la caja, pero esta comenzó a moverse con tal violencia que a punto estuvo el hombre de perder el equilibrio.

El cochero se quedó parado mirando la caja hasta que el bastón con empuñadura en forma de cabeza de dragón surgió de nuevo del interior del carruaje y le propinó un fuerte golpe.

–¡Por el amor de Dios, acabad de una vez! – exclamó una voz débil.

El cochero hizo un gesto a su ayudante con la cabeza y entre los dos levantaron la caja de la parte posterior del carruaje y la llevaron arrastrando hasta la puerta de la tienda. El cochero regresó a su asiento y cogió la fusta, mientras que el otro hombre se quedó ante la puerta de la tienda e hizo sonar el timbre lo más alto posible varias veces antes de subir de nuevo al carruaje. Hasta que el cochero tuvo la certeza de haber oído ruidos procedentes de una de las pequeñas habitaciones situadas encima de la tienda no hizo chasquear la fusta para que el carruaje enfilara a toda prisa por la estrecha calle hacia St. Martin's Lane. Un hombre de unos sesenta años con un gran bigote de morsa y un gorro de dormir anticuado abrió una de las ventanas y asomó la cabeza, alcanzando a ver únicamente la parte posterior del carruaje en el momento en que doblaba la esquina. El hombre se quedó mirando un instante el lugar por donde había desaparecido el vehículo, pero al oír ruido de golpes en la calle bajó la vista y vio la caja de embalaje que, con tan poco cuidado, habían dejado en su puerta. La caja se movía con violencia y de los orificios que había en uno de sus lados salían finas columnas de humo.

 

AQUÍ TERMINA LA TERCERA PARTE DE NUESTRO RECOPILATORIO POR EL MOMENTO. ESPERO PODAIS DISFRUTAR LOS LIBROS AL COMPLETO SI OS GUSTARON LOS PROLOGOS.

 

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