Los mejores libros con título de dragones - prólogos parte2

Los mejores libros con título de dragones - prólogos parte2

Prólogos de libros de dragones, que no solo hablan de dragones aunque lleven dragón en el titulo. Parte2

En estas líneas encontraras prólogos cuidadosamente seleccionados para que tu mente desconecte de lo mundano, del estrés, de la rutina del día a día y se evada a otro lugar inmerso en la lectura de uno de estos libros. Deje volar su imaginación, relajándose y entrando en nuevos mundos de fantasía, intriga y acción. Te recomendamos que leas los siguientes prólogos y si te engancha alguno puedes acceder a él a través de los enlaces en el titulo desde donde puedes descargarlos*

*(Recuerda que no fomentamos la piratería, por lo tanto los enlaces a descarga son sitios de pago para acceder al libro en propiedad)

A continuación lo prólogos de libros prometidos, disfrutad de la lectura.

 

 Dragonlance - Compañeros 01 - Qualinost

Año 258 d. C. (después del Cataclismo).

El llanto de la criatura no era el de un niño elfo.

Tía Ailea, anciana incluso a los ojos de una raza de vida tan longeva como la elfa, dirigió una mirada compasiva al bebé mientras lo envolvía en los pañales de fino lino. La luz de la lumbre se reflejaba en las paredes de cuarzo rosa de la casa de la partera, y bañaba en un fulgor dorado al sollozante recién nacido, cuyo pecho se estremecía con los hipidos. Un soplo de brisa penetró por la ventana abierta a un callejón de Qualinost, y renovó el aire cargado de sudor, sangre y tristeza.

–Cuánta pasión -susurró tía Ailea-. Incluso con tu primer aliento pones de manifiesto tu ascendencia paterna. Como para desmentir su comentario, el bebé, con los bracitos ceñidos contra el pecho, cesó en sus llantos, bostezó y se quedó dormido. Con el sueño, su carita rubicunda asumió una expresión relajad….

 

Dragonlance - Compañeros 02 - El incorregible Tas

 Era un frío día de otoño y una niebla densa y persistente envolvía el bosque de Wayreth. La luz que lograba filtrarse a través del espeso dosel era gris y mortecina, de modo que la floresta tenía también un aspecto descolorido y sin relieve. De vez en cuando, al gotear el rocío acumulado, una hoja se agitaba y se mecía como si la hubiese rozado alguna mano invisible.

Dos enanos avanzaban entre la sombría bruma cargando con esfuerzo el peso de un cuerpo sin vida que se mecía entre los dos. Vestían unas sencillas camisas de lana, cinturones anchos y pantalones con los bajos metidos en las pesadas botas. Transportaron su carga hasta un grupo de jóvenes abedules, la arrojaron en la hierba húmeda y le apoyaron en las palas que llevaban.

-Deberíamos cavar una tumba -dijo el primero mientras se rascaba la mejilla con gesto ausente. Era muy joven y llevaba afeitada la barba y el cabello muy corto en el nacimiento de la frente, al estilo de los aprendices.

El segundo enano sacudió la cabeza, y su larga barba le agitó.

-Con lo que ha quedado de él no merece la pena molestarse. No debe de importarle gran cosa a nadie ya que ni siquiera lo han reclamado, así que no voy a romperme la espalda por enterrar sus restos. Dejémoselo a los cuervos; por la mañana sólo quedarán huesos y nadie lo echará en falta.

Tras limpiarse las manos manchadas de sangre en los pantalones, el enano barbudo rebuscó en un abultado bolsillo y sacó una pipa y un guijarro del tamaño de una ciruela. Abrió la piedra por un resorte disimulado con gestos diestros. Unos cuantos soplidos avivaron la brasa encendida que había en el interior y con ella encendió la pipa. Momentos después, las volutas de humo se alzaban en el cargado aire y se mezclaron con la niebla….

 

Dragonlance - Compañeros 03 - Kitiara Uth Matar

El legado de Gregor

Kitiara Uth Matar se encontraba a la sombra de un solitario roble, en un pequeño altozano desde el que se divisaba un valle poco profundo. Apenas comenzaba a amanecer, y una neblina se agarraba a la hierba alta de la vega que tenía a sus pies. Estaba a más de una jornada de camino de los familiares vallenwoods de Solace, y ésta era la primera ocasión que tenía de contemplar el paisaje ondulado con colinas y valles de la región que se extendía al oeste, lejos de la acogedora villa arbórea.

Cuando habían llegado al campamento la noche anterior estaba ya oscuro y no habían recibido la bienvenida de unas cálidas hogueras, pues los soldados no querían correr el riesgo de revelar su posición.

Mientras cabalgaban hacia el interior del campamento, Kit había oído el tintineo metálico de corazas y armas y había atisbado las borrosas siluetas de hombres y otras criaturas que preparaban sus petates para dormir. Ella no tenía ni pizca de sueño. Estaba excitada con una sensación nueva y placentera, una agitación entremezclada con un ribete de temor. ¡Estaba a punto de presenciar su primera batalla!

No obstante, cuando Gregor Uth Matar desmontó con agilidad de Canela, su preciada yegua castaña, y entregó las riendas a un escudero, Kit bajó de su pequeña montura para no quedarse atrás. No quería alejarse mucho de la protección de este guerrero alto e imponente que era su padre.

Gregor se dirigió con rápidas zancadas hacia la única luz del campamento, una linterna cuidadosamente camuflada que titilaba en la tienda del comandante de la tropa.

Nolan de Vinses era poco más que un granjero de cortas entendederas en opinión de Gregor, quien menospreciaba a cualquiera cuya profesión no estuviese relacionada con el diestro manejo de una espada.

Sin embargo, Nolan era el cabecilla de la milicia de cinco hombres que protegía la próspera comunidad agrícola de Vinses y el que había acabado por convencerlos para que se «rascaran» los bolsillos a fin de contratar una fuerza mercenaria que defendiera a los habitantes del pueblo contra el pillaje de la tropa de bárbaros que los venía aterrorizando desde hacía un año. Por consiguiente, era él quien estaba al mando; al menos de manera nominal.

Tras hacer algunas averiguaciones, Nolan oyó hablar de Gregor, lo buscó y lo contrató. A su vez, Gregor reclutó a unos cincuenta guerreros expertos. También aconsejó a Nolan que se pusiera en contacto con Burek, el cabecilla de una banda de minotauros asentada en Caergoth que ofrecían sus servicios como mercenarios. Gregor argumentó que, si Nolan deseaba poner fin a los atropellos destruyendo a Torrente y su banda de malhechores, sería conveniente tener a los minotauros luchando de su lado.

 

Dragonlance - Companeros 04 - El codigo - Williams_ Michael

Un banquete asombroso

Lord Alfred Markenin, de pie ante su sitio en la mesa, empezó a ponerse nervioso. Sintió un escalofrío y se frotó las manos para hacerlas entrar en calor, en tanto que su mirada recorría el salón de consejos, que esta noche estaba adornado con un mar de banderas.

La parpadeante luz de las antorchas otorgaba un aspecto extraño y fantasmagórico a los estandartes de las grandes casas solámnicas. Los otrora brillantes y fuertes tejidos, ahora viejos y desgastados, flotaban al impulso de las corrientes de aire que se colaban en el salón. La enseña de los Markenin estaba presente, por supuesto; y los estrafalarios emblemas de Kar-thon y MarThasal, con los dibujos entretejidos de soles, martines pescadores y estrellas. Entre ellos colgaban orgullosamente las rosas entrelazadas de Uth Wistan y el fénix de la Casa Peres. Las casas de menor raigambre -Inverno, Crownguard, Ledyard y Jeoffrey- también estaban representadas, y sus colores ondeaban suavemente. Se habían cumplido las primeras ceremonias rituales, y ahora trescientos Caballeros de Solamnia tomaron asiento para esperar la muerte del año.

«¿Pues no es ése el origen y el fin del Yuletide? ¿La muerte del año?», se preguntó lord Alfred, mientras el simplón Jack, un joven jardinero trasladado, encendía las velas de la mesa con torpeza.

El poderoso caballero, Juez Supremo de la Orden Solamnica, rebulló incómodo en el sillón de caoba de respaldo alto, a la cabecera de la mesa más larga. Lo horrorizaba lo inexplicable, e indudablemente lo inexplicable se estaba avecinando mientras la luz de las velas aumentaba de intensidad. Miró en derredor, a los rostros de sus subordinados y lugartenientes. Eran numerosos y tan variados como piedras preciosas, y en sus ojos vio sus opiniones sobre esta noche ceremonial….

 

Dragonlance - Compañeros 05 - Pedernal y acero - Porath, Ellen

A medida que la noche daba paso a un grisáceo amanecer, se empezó a levantar una niebla baja que se agarraba al suelo húmedo y a los parches dispersos de nieve sucia. Una mujer de cabello negro, con los jirones de neblina enredados en torno a sus piernas, calzadas con botas negras, golpeaba las lonas de las tiendas con la mano a medida que recorría el campamento silencioso. Unas pocas docenas de soldados ya se habían despertado; alzaban la vista y sonreían al pasar la mujer.

–Es hora de que os ganéis vuestra paga, holgazanes -les instó con brusquedad a los adormilados hombres-. ¡Vamos, moveos!

A su paso se escuchaban maldiciones; los soldados insultaban a los antepasados de la mujer mientras recogían sus armas y se ponían las botas y los yelmos. Se levantaron las solapas de entrada de las tiendas una tras otra, y los hombres salieron al cortante frío invernal, se ajustaron las capas de lana y maldijeron el tiempo desapacible.

 

 Dragonlance - Compañeros 06 - Mithas y Karthay

Tasslehoff Burrfoot estaba solo. Habiendo llegado, por el momento, a los limites de exploración que permitía un barco de tamaño medio como el Verana, el kender había regresado al camarote que compartía con Sturm Brightblade y Caramon Majere. No pudo menos que darse cuenta de que su marcha parecía complacer al capitán cuyos gritos, juramentos y amenazas lo siguieron hasta la cubierta inferior. ¡Encima de que Tas había puesto todo su empeño en ayudar con el aparejo de la vela mayor! Ya en el camarote, que en realidad era un cuartucho estrecho con tres literas prácticamente apiladas una sobre otra, Tas se sentó en el suelo con las piernas cruzadas Revolvió el petate y los incontables saquillos que siempre llevaba y examino su contenido como si nunca lo hubiese visto hasta ahora. Su memoria acomodaticia le decía que todos eran objetos «encontrados», si bien en la mayoría de los casos había olvidado por completo dónde y cómo los había hallado….

 

Dragonlance - Quinta era 01 - El amanecer de una nueva era - Dragonlance

Palin Majere se encontraba cerca de un altar destruido, en medio de un bosque calcinado. Era alto y delgado, como el puñado de abedules chamuscados que se aferraban a la vida a su alrededor. Sujetaba bajo un brazo un bastón rematado por una garra de dragón dorada, y su blanca túnica ondeaba contra sus piernas, agitada por la fuerte brisa. Su largo cabello, de color castaño rojizo, se sacudía de manera molesta contra su cuello y su cara y se le metía en los ojos. No obstante, el joven no apartó los dedos del libro que sostenía en las manos para retirar los fastidiosos mechones.

Bajó la vista hacia la cubierta. La encuadernación de cuero rojo estaba agrietada y desgastada, y casi igualaba la tonalidad rosada de Lunitari, la luna que estaba saliendo y que llevaba el nombre de uno de los dioses de la magia de Krynn…..

 

Dragonlance - Quinta era 02 - El dragon azul

El rojo de la codicia

Malystryx, la hembra Roja, estaba en la cima de la montaña más alta, en medio de un árido desierto. Desde esta posición privilegiada sobre las antiguas Planicies de Goodlund podía supervisar una amplia extensión de su territorio. Las volutas de humo que salían de los cavernosos ollares nublaban sus enormes y oscuros ojos. Un par de cuernos idénticos, acabados en punta, se proyectaban en una suave curva a ambos lados de su cráneo. Sus escamas, grandes como el escudo de un caballero, resplandecían como brasas ardientes a la luz del ocaso.

Los contados individuos que aceptaban acudir allí, a su guarida favorita -como los Caballeros de Takhisis que a la sazón se encontraban ante ella- lo hacían para alardear de su valor. Los ríos de lava de los volcanes circundantes discurrían peligrosamente cerca de los escarpados senderos que conducían a la madriguera.

Criaturas sobrenaturales deambulaban por las sombrías cuestas, y, una vez que los visitantes llegaban a la cima, debían resistir al intenso calor o perecer.

Los noventa hombres que estaban allí, bajo las órdenes de la gobernadora general, habían sido escogidos por su valor, astucia y lealtad. Malys tenía una pobre opinión de los humanos, pero consideraba que estos especímenes eran sin duda superiores a aquellos que había matado en las incontables aldeas que había saqueado tras apoderarse de esa región de Ansalon.

–Me pertenecéis -dijo Malys a los caballeros.

Sus palabras resonaron como un viento ominoso. Las llamas escapaban de sus descomunales fauces y crepitaban con furia.

–Pide lo que quieras -respondió el oficial al mando mientras daba un paso al frente e inclinaba la cabeza.

Era un hombre joven que había destacado por su valor en numerosas batallas, bajo la atenta mirada de la gobernadora general. Se comportaba con seguridad y aplomo en presencia de la gran hembra de dragón, aunque ésta le inspiraba un temor reverencial.

Lucía la armadura negra de los caballeros, con el lirio de la muerte estampado en el peto. De uno de los pétalos salía un rizo rojo: una llama ascendente que significaba que su compañía había jurado lealtad a Malys. El joven caballero estaba en posición de firmes, con los hombros dolorosamente erguidos y los brazos a los lados, rectos como flechas. Sus ojos se encontraron con las humeantes órbitas de los del dragón, cuya mirada sostuvo sin pestañear. Malys abrió la boca apenas lo suficiente para envolverlo en su tórrido aliento. El caballero no se inmutó, aunque su cara se perló de sudor….

 

Dragonlance - Quinta era 03 - Conjuro de dragones

Almas gemelas 

La alabarda que Dhamon Fierolobo empuñaba era de diseño sencillo pero a la vez de una gran belleza, una hoja semejante a un hacha fijada a un largo mango de reluciente madera. El filo, que se curvaba suavemente como una sonrisa, despedía destellos plateados bajo la luz que penetraba por la ventana. El arma se balanceó hacia atrás, con firmeza, la misma firmeza que brillaba en los ojos de Dhamon, fijos en los de Goldmoon.

–Mi fe me protegerá -susurró la mujer mientras retrocedía, intentando poner distancia entre ella y el arma. Unos instantes podían darle tiempo de convencer a Dhamon de su error. Los dedos de Goldmoon rozaron el medallón que pendía de su cuello, un símbolo de su ausente diosa Mishakal, y de su imperecedera fe en la diosa-. Dhamon, puedes luchar contra esto. Lucha contra el dragón…

Se oían otras voces en la sala además de la suya; la del enano Jaspe, su estudiante favorito durante muchos años, y las de Feril, Ampolla y Rig. Voces que gritaban, suplicantes, enojadas, llenas de incredulidad, dirigidas todas ellas a Dhamon Fierolobo, el hombre alto de cabellos rubios y ojos penetrantes. Aquellas voces intentaban detener la alabarda, detenerlo a él; pero el Dragón Rojo que controlaba a Dhamon repelía las palabras y, en contra de su voluntad, el caballero obedeció a la voz del dragón que resonaba en su cabeza y avanzó hacia la sacerdotisa...

 

Dragonlance - Heroes 01 - La leyenda de Huma

Es realmente insólito que yo, Astinus, maestro historiador de Krynn, redacte una nota personal para incluirla en mis Crónicas. Sólo había hecho tal cosa en una ocasión, por cierto, reciente: cuando el mago Raistlin estuvo a punto de convertirse en una poderosa divinidad, con mayores prerrogativas incluso que Paladine y Takhisis. Fracasó, ya que de lo contrario ahora no tendría la oportunidad de escribir estas líneas, pero su hazaña merecía una mención especial.

Mientras comentaba el incidente, descubrí un lamentable error en mis antiguos volúmenes. Al observar la letra del autor de aquellos capítulos, deduje que se trataba de Paulus Warius, un ayudante mío que vivió hace tres siglos, más notorio por su torpeza que por sus dotes de recopilador. Sospecho que el citado Warius destruyó involuntariamente una parte de tres o cuatro tomos y sustituyó las páginas dañadas mediante las que él juzgó copias correctas. No lo eran.

El error afecta al período de transición comprendido entre las denominadas Era de la Luz y Era del Poder. Ergoth, por ejemplo, constituía un imperio mucho más viejo de lo que afirma la falsa historia, y Vinas Solamnus comandó sus ejércitos hacia el 2692 a.C, no catorce centurias después, como afirma el relato inexacto. La Segunda Guerra de los Dragones, desdoblada en el texto equivocado en una segunda y tercera debido a su larga duración -más de cuarenta y cinco años-, concluyó en 2645 a.C. Fue en estos últimos párrafos donde me apercibí de la gravedad de las inexactitudes, al consultar las páginas relativas a las últimas décadas del conflicto en busca de información sobre Huma, Caballero de Solamnia y hombre de carne y hueso que desafió y derrotó a Takhisis, diosa de la perversidad y Reina de los Dragones. Era mi intención evocar las proezas de Huma al término del segundo conflicto, pero hube de cambiar mis planes y entregarme a la ardua tarea de la reconstrucción.

He invertido en mi quehacer más tiempo del que en principio le asigné. Quizá se deba a que también yo he sentido cierto alivio después de la batalla y, sobre todo, después de haber estado al borde de cerrar el volumen final de la historia de mi mundo por imperativos del destino. Habría sido una lástima, ya que entonces mis Anales sólo contenían unos cientos de millares de tomos. Mi recuerdo pues, y mi agradecimiento, a Huma.

Por fortuna, ahora su vida se perpetuará y permanecerá intacta en estas páginas. Dejemos que ellas nos revelen su personalidad.

Astinus de Palanthas 360 d.C.

 

Dragonlance - Heroes 02 - Espada de Reyes

Un argénteo acero, forjado con estrellas en el taller de Reorx, de empuñadura de oro y zafiros, sublimado en la sangre de los héroes, ¡llama a la unidad! ¡Aliaos, Enanos de las Montañas de Thorbardin! Os han dado

a Vulcania, una Espada de Reyes. ¡Al fin, al fin!

Nota de Astinus  

Los historiadores llaman «de la Guerra de la Lanza» al período comprendido entre los años 348 y 352 d.C. Esta denominación se ha popularizado entre las razas que habitan Krynn.

Hubo un tiempo en el que los dioses guerrearon entre ellos, en que el Bien se opuso al Mal. Takhisis cedió sus dragones, oscuras criaturas de muerte y de fuego, a sus esbirros de mayor confianza e impuso a estos últimos el apelativo de Señores de los Dragones. Paladine y Mishakal, por su parte, concedieron su ayuda a quienes luchaban contra los ejércitos de la Reina de las Tinieblas y contra ella misma. Paladine viajó una temporada junto al kender Tasslehoff Burrfoot y sus compañeros, quienes lo conocían como Fizban. Mishakal puso su erudición y conocimientos de las más ancestrales tradiciones en manos de una amiga del citado kender, una princesa de las tribus bárbaras de las Llanuras que aprendió el significado de la fe y la restituyó a cuantos pobladores de Krynn quisieron escucharla.

Son todos éstos los acontecimientos más señalados del conflicto. Otros, en cambio, han merecido tan sólo una línea de tinta en las Crónicas. Una de estas líneas intriga sobremanera a los estudiosos del tema. Es la que figura en el tomo dedicado al año 348 d.C: «Nordmaar cae en poder de las hordas de la malignidad. Los enanos de Thorbardin fraguan una Espada Real y la bautizan con el nombre de Vulcania».

Sólo en otro párrafo, datado dos años más tarde, se hace referencia al misterioso acero: «Los esclavos de Verminaard escapan de sus minas de Pax Tharkas, rescatados por un grupo de aventureros entre los que destacan el kender Tasslehoff Burrfoot y el mago Fizban. Se localiza una Espada Real».

Entre estas dos citas, y extendiéndose hacia el futuro, existe una larga narración que explica por qué, después de abstenerse celosamente de ofrecer su respaldo a quienes batallaban contra la soberana de las Tinieblas, los enanos de Thorbardin participaron al fin en la Guerra de la Lanza.

 

Dragonlance - Heroes 03 - El caballero de Solamnia

La llegada  

Todo empezó la noche del banquete al que no asistí. Mientras todos lo estaban celebrando, yo limpiaba los aposentos de mi hermano mayor Alfric, recogiendo el diario desorden de ropa sucia, huesos y mondas de melón. Aquello era un estercolero, la guarida de un ogro. Los criados habían desaparecido. Seguramente estarían escondiéndose de Alfric en alguna parte de la casa del foso, y no tardarían mucho en volver.

No es cuestión de malinterpretarme. No sería correcto, ni entonces ni ahora, comparar a mi hermano con un ogro. Un ogro es más grande y más mortífero y también más inteligente. Aunque Alfric era lo bastante despabilado como para tenerme allí, poniendo orden en sus habitaciones y limpiando sus ventanas, mientras él y el resto de la familia se sentaban a cenar con un distinguido invitado. Durante ocho años se había estado aprovechando de mí, por una inocente travesura. De modo que, si los hijos de otros Caballeros Solámnicos habían pasado la adolescencia en el aprendizaje de la doma del caballo y la cetrería, yo había ocupado la mía barriendo, y sintiéndome atemorizado por razones… Bueno, las razones vendrán más adelante. 

De momento digamos tan sólo que con diecisiete años me sentía ya demasiado viejo para ser el criado de mi hermano. 

Yo quitaba el polvo de los aposentos, mientras que Alfric estaba en el gran salón, a la mesa en la que Padre hacía los honores a Sir Bayard Brightblade de Vingaard, un Caballero Solámnico que había llegado a caballo hasta nuestro remoto dominio, vestido con su reluciente armadura, que, ya por aquel entonces, había sido tema de un poema y de una o dos leyendas. Por si fuera poco, Sir Bayard era considerado la mejor espada del norte de Solamnia. Nada que me impresionase. 

Lo que sí me resultaba irritante era la consideración de nuestro invitado hacia Alfric. Según tenía entendido, Bayard Brightblade se dirigía a cierto glorioso torneo donde debía batirse por la mano de la hija de un noble del sur, y se había detenido en el mísero arrozal que era nuestro condado como muestra de respeto a nuestro famoso -en tiempos pretéritos- Padre. Bayard iba a tomar a mi hermano, que entonces tenía veintiún años, como escudero, cuando ya media docena de caballeros se habían negado a ello. Aquél pretendía llevárselo, forjarlo y devolvérselo a Padre convertido en un hombre con posibilidades de llegar a ser caballero.

 

Dragonlance - Heroes 06 - El caballero Galen

-Eran seis -comenzó el namer, inclinándose para rascar al perro que dormía a sus pies.

Sentado a su alrededor junto a un centenar de fuegos de campamento, el Pueblo lo miró expectante. Su voz flotó por encima de todos y llegó nítida hasta los más apartados rincones, sumergiendo a los oyentes en su historia.

Eran seis, que avanzaban en silencio entre las sombras de los vallenwoods, doblados por el vendaval.

Hasta los más atentos y expertos exploradores se habrían sorprendido de encontrar una banda de Hombres de las Llanuras tan al norte. Eran nómadas, capaces de enorme resistencia y viajes todavía más agotadores, pero su hogar se hallaba en Abanasinia, en los montes situados al sur de Solamnia y de las montañas Vingaard.

Ahora que anochecía, llevaban los hombros caídos y sus pasos eran arrastrados y lentos. A gran altura encima de ellos, entre las montañas Vingaard que se alzaban al oeste, unos negros nubarrones se acumulaban cual siniestros cuervos, y los relámpagos zigzagueaban entre los picachos. Cansados, los Hombres de las Llanuras se ciñeron más al cuerpo las mantas y las pieles, como si en sus huesos y sus recuerdos sintiesen ya la lluvia que se aproximaba.

Uno de ellos, un hombre de estatura casi anormal y trenzados cabellos negros que las sombras moteaban, señaló sin hablar un calvero que asomaba entre los árboles. Al unísono, con un suspiro apenas audible en medio del susurro del viento a través de la fronda, los demás Hombres de las Llanuras se dejaron caer sentados o de rodillas…, casi todos en el mismo sitio donde se hallaban.

Mientras sus compañeros aguardaban, inmóviles y en silencio, el tipo corpulento se agachó en el centro del calvero, ocupadas sus manos en alguna tarea secreta. De repente, una luz estalló entre sus largos y delgados dedos. Inmediatamente, el hombre apoyó las manos en el suelo, delante de él, y, acuclillado, contempló el fuego, que no humeaba y sólo era alimentado por el aire.

Las rojas llamas se elevaron, y la luz se extendió hasta iluminar las caras de todo el grupo. Como si lo hubieran practicado durante años, los cinco se levantaron entre crujidos de cuero y un tintineo de cuentas para colocarse en semicírculo detrás de su jefe, sin apartar los ojos de aquel fuego de color escarlata.

Si aspiraban el aire, la luminosidad aumentaba. Si lo exhalaban, se reducía. Al ritmo de su respiración, el fuego pulsaba y vacilaba. El jefe se llevó la mano a la parte alta del brazo izquierdo, el que sostenía el arco, donde reposaba una tira de cuero adornada con cinco piedras negras...

 

Dungeons and Dragons 01 - Los muertos que viven - Lain, T. H

 ¡La profecía! – aulló la pequeña anciana-. ¡Vuestra llegada fue profetizada!

 En el abarrotado y lleno de humo salón de la taberna la Jarra de Plata, todas las cabezas se volvieron hacia aquella vieja jorobada y de ojos saltones. Estaba señalando con el dedo a una alta y joven elfa ataviada con una túnica dorada y un hombre que llevaba un laúd colgado del hombro. Los dos se volvieron sin levantarse, la observaron con perplejidad, se miraron el uno al otro y volvieron a atender a sus respectivas bebidas. Aunque la pareja ocupaba sendos banquillos contiguos junto a la barra, no parecía conocerse. La mujer elfa bebía a sorbos y con aire cohibido de un vaso de líquido blanco mientras que el hombre estaba engullendo su segunda jarra de cerveza. 

–¡Sois vosotros! ¡El laúd y… el salvaje cabello negro! ¡Estaba profetizado! – dejó que la última palabra se convirtiera en todo un aullido para subrayar el dramatismo del momento, pero entonces arruinó el efecto preguntándose-. ¿O es "profecizado"?

 

Dungeons and Dragons 02 - Ciudad del fuego - Lain, T. H

La ciudad quemaba.

Tahrain se enjugó la frente y miró fijamente la oscuridad, dirigiendo sus ojos hacia el norte. Nada más que arena, pensó amargamente; pero sabía que en algún lugar, quizá a un centenar de millas, Kalpesh quemaba… si es que quedaba algo para arder.

Y aún así él, capitán de la guardia de la ciudad y Protector del Trono de Ópalo, había abandonado la defensa de Kalpesh y huido al desierto en una misión vital que parecía más desesperada a cada hora que pasaba. Por quizá vigésima vez ese día, metió la mano morena y callosa dentro de su ligero camisote de mallas para encontrar el paquete encerado que llevaba en la parte derecha de su pecho. Miró hacia arriba y pasó los ojos sobre las caras de los pocos hombres y mujeres que ahora yacían en pequeños grupos silenciosos a su alrededor. No se dieron cuenta de que sus dedos encontraban la correa de cuero y comprobaban su firme nudo.

Saliendo de su ensueño, Tahrain se giró de nuevo hacia los soldados que le quedaban.

Sus tropas más leales, veinte de los mejores soldados de Kalpesh, le habían seguido al desierto para morir sin necesitar explicación alguna. Sólo un hombre conocía la verdadera misión de Tahrain en los yermos, y ni siquiera se trataba de un hombre según los estándares de la gente más civilizada. La mayoría le llamaban, como mucho, "bestia", pero Tahrain lo conocía mejor. Buscó a la bestia entre sus soldados exhaustos.

Los ojos del capitán encontraron a la persona que buscaban. Todos los hombres y mujeres de su compañía yacían tendidos bajo el cielo negro del desierto, esperando olvidar el hambre y la sed en el corto respiro que ofrecía un sueño irregular. Todos menos él mismo, pensó, y esa persona. La bestia estaba sola al otro lado del campamento, mirando hacia el norte en la noche del desierto, vestido con harapos y casi muerto por numerosas heridas. Incluso ahora, su armadura parecía estar hecha de tres juegos de diferente tamaño, y su arma-una gran hacha brutal- estaba manchada y llena de muescas; parecía como si su mango se fuera partir al siguiente golpe.

 

Dragonlance - Villanos - Emperador de Ansalon

El gran bazar de Khuri-khan seguía estando tal como Ariakas lo recordaba: una compacta multitud de humanos y kenders se mezclaba con algún que otro elfo, con los poco corrientes minotauros e incluso con ogros domesticados. Un torbellino de ruido lo envolvió: la persuasiva cantinela de los comerciantes; los sonoros gritos de los clientes ofendidos a los que se cobraba más de lo debido; el telón de fondo formado por los estridentes cánticos de juglares y flautistas; e, incluso, el esporádico entrechocar de las dagas contra escudos o guanteletes. Cada sonido contribuía al carácter único y enérgico de la enorme plaza del mercado.

El guerrero avanzó a grandes zancadas por entre las hormigueantes multitudes, y aquellos que se cruzaban en su camino se hacían a un lado instintivamente para dejarle paso. Tal vez era su estatura la que inspiraba temor pues era un palmo más alto que la mayoría de hombres, o su porte, que era erguido y en apariencia imperturbable. Unos amplios hombros sostenían un recio cuello, la cabeza se alzaba orgullosa como la de un león, y los oscuros ojos estudiaban a la multitud por debajo de una melena de largos y negros cabellos revueltos por el viento.

Ariakas se detuvo un instante ante la fuente central donde el agua describía un arco hacia el cielo y luego descendía con un chapoteo sobre la taza de mosaico bañada por el sol. Hacía muchos años que no visitaba la tienda de Habbar-Akuk, pero estaba seguro de que aún sabría encontrar el lugar.

Allí, a la izquierda del surtidor, reconoció el estrecho callejón. Un puesto multicolor, adornado con telas de alegres colores traídas de todo Ansalon, indicaba la entrada de la callejuela. Innumerables variedades de incienso impregnaban el aire alrededor del dosel, despertando una memoria olfativa que no podía equivocarse. Más allá del mercader de perfumes, distinguió un corral donde se compraban y vendían unos ponies monteses de patas cortas, y supo con seguridad que se encontraba en el lugar correcto…

 

Dragonlance - Villanos - El ala negra

Como hojas de navaja abriéndose de golpe, una a una, las nacaradas garras de la hembra de Dragón Negro se encorvaron. Las uñas delanteras de Khisanth permanecieron fijas en la labrada encuademación del libro de conjuros que había encontrado en las ruinas de lo que había sido Xak Tsaroth. Suspirando, la hembra de dragón cerró el tomo de un golpe; no podía soportar tener que memorizar otro conjuro en ese mismo día. Depositó el libro junto a sus pinchudos pies y descendió de un brinco del altar de piedra. Sus alas de dragón se extendieron con un sonido sordo, como unas sábanas de cuero inflándose en el viento.

Hacía tiempo que los ojos de Khisanth se habían adaptado a los oscuros confines de la ciudad hundida, pasando de un amarillo leonado a un rojo colérico. Sus órdenes eran guardar un báculo que ella no podía ver ni tocar; pero, sin que el Gran Señor Verminaard lo supiese, Khisanth había visto el báculo. Movida por algo más que una pequeña curiosidad, la hembra de dragón se había transformado una vez en ratón y había cogido el extraño ascensor de los enanos gully para subir al nivel superior de las ruinas. Ningún draconiano informaría a Verminaard de que un ratón se había deslizado, a través de las puertas doradas, hasta la Cámara de los Antepasados. Dentro de ésta, Khisanth había encontrado una estatua de mujer cuyos brazos de mármol sostenían un báculo de madera sencilla y corriente. Un sexto sentido había hecho que la mano de Khisanth se abstuviera de tocarlo. De todos modos, no quería añadir un báculo a su tesoro.

–Qué pérdida de tiempo y talento es este cometido -bufó malhumorada.

Khisanth había dirigido una vez a la infame Ala Negra, pero sus días en el ejército de la Reina Oscura eran ahora un recuerdo lejano, de antes de que fuese destinada a este agujero. De hecho, aquellos sucesos habían sido la razón de que ahora estuviese aquí. Su degradación había sido otra indignidad más en una vida que merecía grandeza pero que no le había reportado más que traición y engaño.

Khisanth estaba lo bastante aburrida para considerar la idea de caminar desde la enorme estancia abovedada, que constituía su guarida subterránea, e ir a entablar conversación con uno de sus subalternos draconianos; pero, en la penumbra, divisó a un sucio enano gully. La estúpida criatura, con sus zapatos de trapo, se estaba acercando peligrosamente a los brillantes montones de piedras preciosas y otros tesoros. Khisanth le lanzó un golpe con su garra, y atrapó a la atónita criatura antes de que ésta supiera siquiera que el dragón estaba cerca. Luego se echó el bocado en las fauces y cerró lánguidamente los ojos mientras saboreaba la crujiente textura de aquellos huesos húmedos.

La hembra de dragón escupió los zapatos. Debajo de tierra sólo había zapatos. Ninguna pezuña de bestias salvajes. Ninguna asta de alce. El eternamente hambriento estómago de Khisanth rugió, como si él también se acordase de cuando su propietaria cazaba libremente por los bosques del cabo del Confín. Toda la cadena de montañas Khalkist había sido su despensa. Entonces, con un golpe de la más poderosa mano, su rango, su libertad, todo, le había sido arrebatado.

La mente de Khisanth vagaba con frecuencia hasta las personas y acontecimientos que la habían conducido hasta tan baja condición. La consolaba pensar que había dado muerte a casi todos aquellos que alguna vez la habían frustrado. Tenía grandes esperanzas de poder vengarse de aquellos que, en años recientes, habían conseguido eludir sus garras. La vida de un dragón era larga y estaba segura de que, algún día, conseguiría también salir de esta situación.

 

Dragonlance - Villanos - Takhisis

A través de las ventanas de ópalo de la majestuosa torre se oyó el rugir de los truenos, los cuales hicieron vibrar sus delicados marcos como la vara medicinal de los santones de la tribu. 

Un instante de claridad iluminó las secas llanuras del norte de la ciudad, mientras una tormenta implacable caía sobre el lejano puerto de Karthay y sobre los bosques que bordeaban la bahía de Istar. Allí, en la ciudad, más allá del Templo del Príncipe de los Sacerdotes, el cielo del atardecer se iba haciendo cada vez más plomizo cargado de electricidad, y los brillantes cristales de ópalo de las ventanas se oscurecieron hasta alcanzar un azul profundo. 

Desde la ventana de la torre, abierta al aire frío e intenso del exterior, el hombre vestido de blanco podía predecir, por el penetrante olor de la humedad del aire y el frenético movimiento de las nubes negras, que la tormenta avanzaba rápidamente. El individuo regresó a su atril, donde un libro viejo y quebradizo descansaba abierto junto una vela apagada; bajo él asomaba otro libro, éste nuevo y a medio copiar. En aquel instante, la habitación se oscureció de repente, y una violenta ráfaga de viento sacudió las delicadas páginas del manuscrito, que se agitaron violentamente, víctimas de su fuerza. 

Sin que nadie lo viese, el hombre cerró la ventana y encendió la vela mientras buscaba, con sus profundos ojos verdes, el cerrojo de la puerta para cerciorarse de que ésta seguía bien cerrada. El libro, una colección de profecías druidas que durante un milenio había permanecido oculta en manos de los elfos lucanestis más sabios, tenía un valor incalculable. El texto había llegado secretamente a Istar durante la caída de Silvanesti septentrional y, a lo largo de muchos años, estuvo escondido en lo más recóndito de la biblioteca de un vinatero

 

 Ojo del Dragón, El - Steer, Dugald A

El viernes 7 de julio de 1882, a las seis y cuarto de la mañana, un carruaje negro salió de la entrada de Tottenham Court Road de Londres a tal velocidad que tuvo que dar un brusco viraje para esquivar la carreta de un criador de aves que bajaba por Oxford Street. El carruaje, un modelo anticuado que se conocía como «cupé», volcó sobre una de sus ruedas y, por un instante, pareció a punto de caer de lado antes de que el cochero lograra enderezarlo y enfilar a toda prisa hacia St. Giles. Al paso atronador del vehículo, las aves exóticas prorrumpieron en cacareos y gritos de terror tan fuertes que el cochero de la carreta se vio obligado a detenerse para tapar las jaulas con una lona.

El carruaje siguió avanzando por St. Andrews Street hasta llegar a Wyvern Way. Al oír un súbito golpeteo desde el interior, el cochero detuvo el vehículo y vio aparecer de repente la ornamentada empuñadura en forma de cabeza de dragón de un bastón negro que señalaba una tienda diminuta de aspecto curioso, tienda que, a juzgar por los objetos expuestos en sus antiguos escaparates, bien podría haber sido el lugar de donde había salido aquel bastón.

El cochero y su ayudante bajaron del carruaje para dirigirse a la parte posterior, donde había amarrada una caja de embalaje enorme que procedieron a desatar. Como aún era temprano, no había nadie que los observara, salvo un perro callejero que estaba husmeando una pila de basura y que en aquel momento se acercó a olisquear las ruedas del carruaje. Sin embargo, en cuanto levantó el hocico para olfatear la caja de embalaje, el animal se quedó paralizado, con su ralo pelo de punta y las orejas temblando, antes de apartarse de un respingo con un gañido de terror. El cochero lanzó un gruñido y se dispuso a levantar la caja, pero esta comenzó a moverse con tal violencia que a punto estuvo el hombre de perder el equilibrio.

El cochero se quedó parado mirando la caja hasta que el bastón con empuñadura en forma de cabeza de dragón surgió de nuevo del interior del carruaje y le propinó un fuerte golpe. 

–¡Por el amor de Dios, acabad de una vez! – exclamó una voz débil. 

El cochero hizo un gesto a su ayudante con la cabeza y entre los dos levantaron la caja de la parte posterior del carruaje y la llevaron arrastrando hasta la puerta de la tienda. El cochero regresó a su asiento y cogió la fusta, mientras que el otro hombre se quedó ante la puerta de la tienda e hizo sonar el timbre lo más alto posible varias veces antes de subir de nuevo al carruaje. Hasta que el cochero tuvo la certeza de haber oído ruidos procedentes de una de las pequeñas habitaciones situadas encima de la tienda no hizo chasquear la fusta para que el carruaje enfilara a toda prisa por la estrecha calle hacia St. Martin's Lane. Un hombre de unos sesenta años con un gran bigote de morsa y un gorro de dormir anticuado abrió una de las ventanas y asomó la cabeza, alcanzando a ver únicamente la parte posterior del carruaje en el momento en que doblaba la esquina. El hombre se quedó mirando un instante el lugar por donde había desaparecido el vehículo, pero al oír ruido de golpes en la calle bajó la vista y vio la caja de embalaje que, con tan poco cuidado, habían dejado en su puerta. La caja se movía con violencia y de los orificios que había en uno de sus lados salían finas columnas de humo.

Mientras tanto, el carruaje negro se dirigió a Whitehall y giró por una calle ocupada por dependencias gubernamentales para detenerse enfrente de una puerta negra. Un hombre alto cuyos rasgos quedaban prácticamente ocultos por un abrigo de cuello alto y un sombrero de copa se apeó del carruaje y, tras comprobar que no había nadie cerca, llamó a la puerta con la empuñadura del bastón con forma de cabeza de dragón. 

Al no obtener respuesta, volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Ante la ausencia de respuesta, insistió una tercera vez, y por fin le abrió la puerta un mayordomo, que, arqueando las cejas ante la apariencia del visitante, dijo: 

–¿Qué desea? 

–Vengo de parte de Ebenezer Crook -dijo el hombre entre dientes-. Tengo una misión urgente que cumplir. Debo hablar con su señor de inmediato. 

–Me temo que el señor ministro está en la cama -respondió el mayordomo. 

–Se trata de una emergencia -repuso el hombre-. Haga el favor de avisarle ahora mismo. 

–¿Avisarle de qué?

- ¡Ah! – exclamó el hombre, haciendo girar el bastón con gesto malhumorado-. Me temo que eso debo comunicárselo personalmente. Menciónele el nombre de Crook en cuanto se despierte; estoy seguro de que accederá a verme de inmediato.

El mayordomo negó con la cabeza antes de desaparecer tras la puerta.

Al cabo de unos instantes volvió a aparecer.

–El señor ministro lo atenderá ahora mismo, señor -dijo.

El mayordomo hizo pasar al hombre al interior del edificio al tiempo que echaba un vistazo al carruaje. En su interior, mirándole con unos ojos de color negro azabache y una tez blanca enmarcada por una melena oscura, se hallaba la mujer más hermosa que había visto en su vida…

 

Huevo del dragon - Forward, Robert L

De vez en cuando aparece una novela que tiene al completo algo indefinible característico de la ciencia ficción: una nueva idea genial, una extrapolación honesta de la ciencia real, una historia emocionante sobre unos alienígenas fascinantes y un imprescindible sentido de lo maravilloso. Así ocurre con esta novela sobre la civilización de los cheela, que viven en una estrella de neutrones, y su contacto con los seres humanos. Un clásico imprescindible.

Huevo del dragón es la primera novela de su autor, un científico de fama mundial en el campo de la astronomía gravitatoria. Desde su aparición en 1980 fue saludada como un hito en la ciencia ficción de tipo hard y la sucesora indiscutible de la mítica mission of gravity (1953) de Hal Clement que, hasta entonces, había sido el clásico obligado en este tipo de ciencia ficción.

Se trata de la ciencia ficción en la que predomina el uso de las ciencias «duras» (principalmente la física) y la tecnología que de ellas se deriva. Hal Ciernen! se atrevió a postular un planeta en el que la gravedad varía desde tres «g» en el ecuador a setecientas «g» en los polos, y sus habitantes, los mesklinitas, resultaron ser unos de los extraterrestres más verosímiles de toda la ciencia ficción, incluso desde el punto de vista científico.

En huevo del dragón se reproduce el esquema al nivel casi de exageración al multiplicar por mil millones las dificultades gravitatorias del planeta de Clement. Tras el descubrimiento de una estrella de neutrones en la constelación del Dragón (que será llamada «Huevo del Dragón»), los seres humanos, pese a que nunca podrán llegar a poner el pie en ella, lograrán situarse en órbita sincrónica para observarla mediante la más avanzada tecnología.

Pero las condiciones en la estrella de neutrones son, evidentemente, infernales. Una gravedad que supera sesenta y siete mil millones de veces la terrestre ha comprimido la estrella a una esfera de sólo veinte kilómetros de diámetro que experimenta una revolución (un «día» de Huevo) en sólo 200 milisegundos. Y, por si ello fuera poco, además, la fuerza del campo magnético, un billón de gauss, altera los núcleos de la corteza y las reacciones químicas son reemplazadas por nuevas reacciones de neutrones.

En ese mundo imposible existe vida, la de los cheela, los seres ameboides de la corteza que experimentan en una hora el equivalente de más de cien años de vida terrestre. Los detalles técnicos de su anatomía y biología son también verosímiles por su correcta adaptación al difícil mundo en que viven.

Pero si huevo del dragón tan sólo destacara por sus aspectos científicos quizá le podría haber ocurrido como a su predecesora, mission of gravity, que lleva ya treinta y cinco años sin haber sido traducida al castellano pese a su calidad.

En la novela de Forward encontramos además la sorprendente, irónica y fascinante descripción de la civilización de los cheela, que es, a mi parecer, una de las bazas fundamentales del libro. Poco a poco les vemos superar la barbarte, descubrir la agricultura, establecer una organización social superior al clan, «inventar» la religión, profundizar en las ciencias y sus aplicaciones técnicas, etc. Y todo ello compone un fresco que se superpone a los aspectos más estrictamente científicos del tema central: la posible vida en una estrella de neutrones.

El indiscutible éxito en Norteamérica ha promovido ya la aparición de una continuación titulada starquake (1985). También la presentaremos en esta colección, posiblemente con el dudoso título de Estréllamelo (o quizá nos decidamos más prudentemente por Terremoto estelar,). En esta segunda novela se complementa la interacción entre humanos y cheela, que es uno de los elementos más agradables de la historia de la civilización cheela que ocupa esta primera novela.

La importancia y el eco que ha generado huevo del dragón en Norteamérica quedan de manifiesto en los siguientes breves comentarios de reconocidos especialistas de la ciencia ficción y/o la ciencia:

«En la ciencia ficción existe tan sólo un puñado de libros que estimulan y desarrollan la mente. Y éste es uno de ellos.»

Arthur C. Clarke

«huevo del dragón es magnífica. Yo no habría sido capaz de escribirla; requiere demasiada física real.»

 

Dragonlance - Orden de Lectura – Dragonlance

Crónicas

Leyendas

La forja de una túnica negra

Preludios

Compañeros

Cuentos

Muro de hielo

Héroes

Naciones enanas

Volúmenes independientes

Segunda generación

El ocaso de los dragones

Quinta era

La guerra de los espíritus

 

El Dragón renacido - Jordan, Robert

Fortaleza de la Luz

Pedron Niall dejó vagar su mirada de anciano por su sala privada de audiencia, pero los oscuros ojos velados por el ensimismamiento no vieron nada. Las desteñidas colgaduras que antaño habían sido los estandartes de guerra de los enemigos de su juventud se confundían con la oscura madera que recubría las paredes de piedra, imponentemente gruesas incluso allí en el corazón de la Fortaleza de la Luz. La única silla existente en la habitación, pesada y de alto respaldo, semejante a un trono, le resultaba tan invisible como las pocas mesas dispersas que completaban el mobiliario. Incluso el hombre de blanca capa que permanecía arrodillado con mal disimulada ansiedad sobre el gran sol incrustado en las anchas planchas del suelo se había ausentado de su mente, aun cuando eran pocos los que habrían tomado su presencia tan a la ligera.

Jaret Byar había disfrutado de un respiro para lavarse antes de ser conducido ante Niall, pero tanto su yelmo como su peto estaban deslucidos por el viaje y mellados por el uso. Sus hundidos ojos oscuros irradiaban una febril e impaciente luz en un rostro en el que la carne parecía haberse reducido a los músculos indispensables. No llevaba espada —a nadie le estaba permitido hacerlo en presencia de Niall— pero parecía hallarse al borde de la violencia, como un sabueso que aguarda a que le suelten la correa.

Dos fuegos encendidos en largos hogares en cada uno de los extremos de la estancia mantenían a raya el frío de finales de invierno. Era una habitación austera como la de un soldado, y todo cuanto había en ella era de calidad, pero sin ninguna concesión a la extravagancia… con excepción del sol. Los muebles habían llegado a la sala de audiencia del capitán general de los Hijos de la Luz con el hombre que accedió al cargo; el resplandeciente sol de oro acuñado se había desgastado con el paso de generaciones de solicitantes, había sido sustituido y había vuelto a desgastarse. Había allí oro suficiente para comprar una hacienda en Amadicia y el título nobiliario emparejado a ella. Durante diez años Niall había caminado encima de ese sol sin dedicarle pensamiento alguno, como tampoco se lo dedicaba al sol bordado en el pecho de su túnica blanca. El oro suscitaba escaso interés en Pedron Niall.

Finalmente volvió a posar la mirada en la mesa más cercana, cubierta con mapas y cartas e informes esparcidos. Entre el desorden había tres dibujos enrollados. Tomó uno con desgana. Daba igual cuál de ellos fuera, pues todos describían la misma escena, aunque con diferente factura de trazo….

 

Hombres y dragones - Vance, Jack

LOS APOSENTOS DE Joaz Banbeck, excavados en lo profundo de un risco de piedra caliza, constaban de cinco cámaras principales, a cinco niveles distintos. En la parte superior estaban el Relicarium y una sala de juntas oficial: el primero era una estancia de sombría magnificencia que albergaba los diversos archivos, trofeos y recuerdos de los Banbeck; la segunda, un vestíbulo largo y estrecho, con artesonado oscuro hasta la altura del pecho de una persona y una bóveda blanca estucada; abarcaba toda, la extensión del risco, de modo que los balcones daban al Valle Banbeck por un lado y al Camino Kergah por el otro.

Debajo, estaban los aposentos privados de Joaz Banbeck: un gabinete y una cámara-dormitorio, luego su estudio y al fondo un cuarto de trabajo donde Joaz no permitía entrar a nadie.

A los aposentos se entraba a través del estudio, una gran habitación en forma de L con un barroco techo aristado del que colgaban cuatro candelabros con incrustaciones granate. Ahora estaban apagados. En la habitación había sólo una luz de un gris acuoso procedente de cuatro placas de cristal ahumado en las que, a modo de una cámara oscura, aparecían vistas del Valle Banbeck. Las paredes estaban revestidas de unos paneles de caña lignificada. Cubría el suelo una alfombra con adornos marrones, castaños y negros, formando ángulos, cuadrados y círculos.

En medio del estudio había un hombre desnudo.

Unicamente cubría su desnudez su pelo largo, fino y castaño, que descendía por su espalda, y el torc dorado que rodeaba su cuello. Era de rasgos finos y angulosos y de cuerpo delgado. Parecía escuchar, o meditar quizás. De cuando en cuando contemplaba un globo amarillo de mármol que había en un anaquel próximo, y entonces sus labios se movían, como si encomendase a la memoria alguna frase o alguna serie de ideas.

Al fondo del estudio se abrió una pesada puerta.

A través de ella, atisbó una joven de florido rostro, con una expresión pícara y maliciosa. Al ver al hombre desnudo se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido. El hombre desnudo se volvió... pero la pesada puerta se había cerrado ya.

Por un instante permaneció concentrado en ceñuda reflexión, y luego, lentamente, se acercó a la pared situada en el lado inferior de la L. Movió una sección de los estantes de la biblioteca y pasó a través de la abertura. Después la abertura se cerró. Descendiendo por una escalera de caracol, fue a dar a una cámara excavada en la roca, de paredes sin desbastar: el cuarto de trabajo privado de Joaz Banbeck. En un banco de trabajo había herramientas, moldes y fragmentos de metal, un equipo de células electromotrices e instrumentos eléctricos diversos: los objetos que actualmente atraían el interés de Joaz Banbeck.

El hombre desnudo contempló el banco. Cogió uno de los objetos y lo inspecciono con un aire como de condescendencia, aunque su mirada era tan clara y directa como la de un niño...

 

Dragones Celestiales 01 - Goodman, Alison

De los primeros rollos de Jion Tzu

Nadie sabe cómo alcanzaron los primeros Ojos de Dragón su peligroso acuerdo con los doce dragones de la energía y de la buena suerte. Los pocos escritos y poemas que han sobrevivido al paso de los siglos inician el relato mucho después de que se cerrara el pacto para la protección de nuestra tierra entre el hombre y el animal-espíritu. Sin embargo, se dice que todavía sobrevive un libro donde se relatan los violentos inicios y se predice el catastrófico final de esa antigua alianza.

Los dragones son seres elementales, capaces de manipular la hua o energía natural que existe en todas las cosas. Cada dragón se alinea con uno de los animales celestiales en un ciclo de poder que dura doce años y que se ha repetido invariablemente desde el principio de los tiempos: Rata, Buey, Tigre, Conejo, Dragón, Serpiente, Caballo, Cabra, Mono, Gallo, Perro y Cerdo. Cada dragón es también guardián de una de las doce direcciones celestiales y custodio de una de las Virtudes Mayores.

Cada día de Año Nuevo el ciclo vuelve a comenzar, y el siguiente animal ocupa el lugar dominante. De ese modo, su dragón se convierte en ascendente, y su poder se duplica durante los siguientes doce meses. El dragón ascendente también se une a un nuevo aprendiz que será adiestrado en la magia del dragón, y cada vez que ello sucede, el aprendiz del año anterior pasa a convertirse en Ojo de Dragón y alcanza su poder máximo. El nuevo Ojo de Dragón reemplaza a su maestro, el viejo Ojo de Dragón, que se retira exhausto y fatalmente debilitado tras haber permanecido unido al dragón durante veinticuatro años. Se trata de un pacto brutal, que otorga un inmenso poder al Ojo de Dragón, un poder que le permite desplazar monzones, desviar ríos y detener terremotos. A cambio de semejante control sobre la naturaleza, el Ojo de Dragón debe entregar gradualmente su hua al dragón.

Sólo los niños capaces de ver un dragón de energía pueden aspirar a ser candidatos a Ojo de Dragón. Ver al dragón el año en que naces es un don muy raro, y más raro aún es ver a cualquier otro de los dragones de energía. Cada Año Nuevo, doce niños, nacidos doce años atrás, se enfrentan al dragón ascendente y rezan por que su don sea suficiente para la bestia. Uno de ellos es el elegido y en ese instante de unión --y sólo durante ese instante--, todos los hombres pueden ver al dragón en toda su gloria.

Las mujeres no tienen cabida en el mundo de la magia del dragón. Se dice que la mujer corrompe el arte y que carece tanto de la fuerza física como de la profundidad de carácter necesarias para unirse a un dragón de energía. Se cree también que el ojo femenino, demasiado acostumbrado a mirarse a sí mismo, no ve la verdad del mundo de la energía.

 

Dragonlance - Historias perdidas 05 - Los enanos Gully - Parkinson, Dan

Se ha dicho de los aghars que una raza así no podría existir en un mundo práctico. Se ha dicho que los dioses de la creación sin duda debían de estar terriblemente aturullados cuando crearon a los aghars… Aturullados o locos. Los estudiosos insisten en que una raza de criaturas como ésa --comúnmente conocidos como «enanos gullys»-- sería incapaz de sobrevivir, durante generaciones, inmersas en las duras realidades de la vida. Tales patéticas criaturas no tienen nada de su parte.

En un mundo de razas fuertes, los enanos gullys de Krynn resultan sorprendentemente débiles. No son ni violentos ni una amenaza; tampoco son audaces ni especialmente afortunados; ni fornidos o veloces. La única defensa natural que poseen contra sus enemigos es una predisposición a habitar en aquellos lugares que nadie más quiere: eso hace que pasen inadvertidos la mayor parte del tiempo. Les falta la terca obstinación de los auténticos enanos, el carácter imprevisible de los humanos, y las habilidades y longevidad intrínsecas a los elfos. Comparados con cualquiera de esas razas, los enanos gullys son considerados poco más que chusma. Están indefensos; no tienen ningún tipo de habilidades, más allá de una cierta desmañada capacidad para la ocultación y, desde luego, carecen absolutamente de poderes mágicos.

En cuanto a inteligencia, aunque muestran un aspecto más o menos parecido al de humanos o enanos, apenas son lo bastante espabilados para ponerse a salvo cuando hay problemas. La continuada existencia de enanos gullys en Krynn es un rompecabezas para aquello

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